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Preguntáronme ayer con timorato morbo cuál doctrina profesaba y tuve que responder con evasivo pudor:
Mi religión es la vida, y mi fe se basa en que existo y me desarrollo en ella -dije-, no hay creencia religiosa por compasiva, solidaria o reactiva que cambie la simple realidad que hacia la muerte nos dirigimos. Tiranos, mártires, héroes y serviles igualmente terminarán sus días en el olvido de su sepulcro.
Adopté mi propia fe, porque la verdad espiritual se convirtió en marca registrada y se prostituyó como franquicia de comida rápida cuya preocupación está en cómo son utilizados sus logotipos más que en lo que le sirven a las personas.

Coleccionando veranos

“Dios no le da alas a los alacranes”, pero a cambio les cede algún talento, aún éste sea el de repartir ponzoña. He de reclamarle al creador que negándome la capacidad de volar, se le acabó el presupuesto de genialidades y me dejó sin ninguna para presumir.
Y como a este mundo matraca algo tendrá uno que hacer; a carencia de talento, presencia de afición, y la mía fue desde siempre la de coleccionar veranos, no importa si son nuevos o de medio uso, roídos, pepenados o lujosos. Simplemente, ejecuto con disciplina militar la rutinaria acción de colectarlos en mi estacionacoteca.
Hace poco tuve que hacer espacio entre los anaqueles para agregar algunos más que no había clasificado aún, y no desaproveché la oportunidad para juguetear y deleitarme con ellos, enorgulleciéndome de su variedad.
Tengo veranos chacoteros, tímidos, y estrámbóticos; veranos silentes, lujuriosos y haraganes; coleccioné veranos quietos, misóginos y románticos; veranos bellos, veranos ardientes, veranos nucleares y fosforilocos, veranos tapados y retrógrados, veranos juguetones y solemnes; veranos nutritivos, veranos tutti frutti, veranos verdes, veranos pestilentes, veranos espirituosos y trasnochados; veranos voluptuosos y poetas; veranos temerarios, veranos capaces, veranos rígidos, veranos liberales, veranos cariñosos y gritones, veranos inciertos, veranos luminosos.
Cuando mi experiencia coleccionista era poca, creí que los veranos no se llevaban bien entre sí, supuse que mi verano ingenuo corría peligro frente a mi verano lujurioso (es que es muy inquieto); creí que el verano rocanrolero le molestaría a mi verano espiritual; supuse que mi verano progresista le haría golpe de estado a mi verano socialista.
Me aventuré a sacarlos de su envoltura porque el embalaje sólo sirve para guardar lo que aún no tiene dueño, y mis veranos hasta firma tienen ya. Hice una ensalada veraniega a riesgo de convertirla en lavadura estacional, experimenté combinar lo impensable y poner a convivir a estos veranos vestidos de junio para ver qué sucedía.
Pero en lugar de batalla campal, aquello fue una suerte de performance surrealista transitando de la evocación a los bacanales romanos, hasta la exaltación de un mitin político.
Ah verano liberal, qué bien se la lleva con el verano aprendiz; y mi verano perverso tiene mucho que enseñar a mi verano virginal; que bella embriaguez de mi verano arrabalero que comparte el aguardiente con el verano bohemio; y qué decir de mi verano finolis, que con pipa y guante curioso charla con mi verano alburero, enseñando cada quien el lenguaje que el otro desconoce; y mi verano gritón por fin encontró compañía con mi verano sordo; y a mi verano folklórico le parecen graciosos los compases de mi verano clásico.
Pachangueros y cinicotes, la fiesta los une y sus diferencias, pretexto de la diversión, parecieran desaparecer, o más bien mezclarse. Mi veranofagia se pregunta ¿a qué sabrían los veranos si éstos pudieran deborarse? Creo que sabrían a fresas con chile y cerveza, sabrían a ostia con charanda y frijoles, a salmón con naranja y tepache; a champagne con nopales y pozole.
¡Qué bonitos mis veranos, qué bonitos!

Enemigo de mi guarda…
 
Enemigo de mi guarda de ausente cortesía
Nunca a mi ofendas con regalo o pleitesía.
amarga mi alma con un poco de hiel
que con digno veneno te responderé
 
¡Otra nochesita! Tanta cafeína en mi organismo no deja que un poco de sueño sosiegue mi vagabunda conciencia. Como siempre, mi indecente laptop, sujeta de mis manoseos mecanográficos, deja que me desahogue con ella sin que tenga yo que escuchar “oye, ya déjame dormir, son las cuatro de la mañana”.
Me convierto en victimas de mis propios delirios de escritor y sucumbo a la tentación de expresar en prosa banquetera las ideas que en mi mente arremolinan y algodonan.
Hace meses me visitó un pariente político de esos que con el tiempo y a base de evitar cualquier signo de confrontación con tu persona, empiezan a ganar tu aceptación hasta que empiezas a considerarlo un amigo. No sé si indignarme más de la mediocre actitud de quien como espejo sólo emula mis ideas y las repite para ganar mi aceptación o de mi estúpida ingenuidad que a sabiendas de la falsedad que tras el buen comentario se esconde acepto tan ruín compañía. Largo tiempo ha pasado desde la última vez que lo ví, creo que le presté herramienta, y aunque sé que viene a pedirme algo, me alegro de verlo, porque aunque lo sé falso, es una persona agradable y graciosa. Creo que abriré mi propia línea psíquica, porque con fatídico final atino a mi súbito pronóstico cuando lo veo venir “esta cabrón viene a pedirme algo”, y tal cuál, el “pariente-amigo”, me saluda con salamería y dispone cinco minutos de su tiempo para hostigarme con halagos para hacerme recordar cuánto lo estimo. Después de su discurso, y sin demasiado preámbulo revela su intención de bendecir mi chequera con el honor de expedirle sendo préstamo personal que por la entrañable amistad que nos une, hace la distinción de permitir yo le haga. Para mi suerte, este bello cuerpo llevaba ya algunos alcoholes en su registro (jugaron las chivas y ganaron), y con la desinhibición que me caracteriza en ese estado, pierdo las formas y le contesto: “hombre gracias por el favor”. Creo que si me desempeñara en el servicio exterior ya hubiera provocado la tercera guerra mundial, porque dicen que nada ofende más a un sinvergüenza que la cruda verdad, y para el caso de mi disque pariente no fue la excepción, cuando indignado por el comentario sólo atina a expresar su descontento y a desaparecerse de tan intempestiva forma como se presentó. Diosito, si creyera en tu existencia, agradecería tu divina intervención, mira que ponerme briago antes de recibir tan poco rentable visita, es providencia celestial.
Días después, la tía Gertrudis(1), de esas tías políticas que nunca te aceptaron, de esas que piensan que siempre fuiste poca cosa pa’ su sobrina, se hace presente so pretexto de estar de visita por la ciudad. “Dile a la pinche vieja que vaya mucho a fregar a tu abuela”, declaro a la sobrina consanguínea de la doña y con el miedo de enfrentar una huelga de piernas cerradas, acepto recibir al aborto de Satán en mi casa (al fin que encontré en el eMule(2) un manual para exorcizar mi casa cuando se vaya el esperpento).
 
Mientras más pienso en la tía Gertrudis, más amo a mi suegra
 
“Espectro mutante, animal rastrero, escoria de la vida, te odio y te desprecio”, es lo que se merece doña “Venenosa”, que hedionda a azufre, comienza a criticar todo lo que a su paso se encuentra, “tía, qué bueno que nos visita”, le digo al recibirla (translation: “mother fucker I hate you”).  Y sin siquiera decir “hola”, comienza su tóxica rutina mata autoestima:  “cuando ocupe un lame-botas te busco”. Para no cederle excesivo espacio a tan despreciable y chafa clón de Picachú, diré que recibo una crítica para cada aspecto de mi vida: mi empleo, mi casa, mi forma de vestir, mi aparente desespiritualidad, mi pragmatismo, mis aficiones, la forma de educar a mis hijos… todo… absolutamente todo. La sensación de ese instante es algo especial, parecido al amor a primera vista pero al revés. Con mi primera novia, alquimista de todas mis hormonas, existía un súbito despliegue de euforia mezclada con locura, belleza y fulgor (¡qué cursi caray!). Con la tía Gertrudis experimentaba exactamente lo opuesto, una profunda depresión mezclada con rabia y desesperanza (se me hace que esta doña pidió un préstamo a alguno de los bancos esos grandotes que quebraron, con su sola presencia generó la crisis financiera mundial).
Muy a pesar a la oscura vacuidad que esta criatura maldita genera a su alrededor, percibo algo distinto en mi persona: la sensación de “odio a primera vista” se disipa con prontitud y con cierta sorpresa veo que mis emociones se amansan frente a lo que en otrora tierna juventud hubiera sido un súbito y descortés comentario o la inmovilidad propia de no saber qué responder.
Si bien con el “pariente-amigo” la sensación resultante a su visita fue desagradable, la que se avizoraba aquella tarde era todo lo contrario, la emperatriz del infierno me estaba regalando un momento de extraña quietud cuando mis respuestas, cargadas de burlona y ácida ironía, la hacían torcer el hocico (así es “hocico” como el de los animales).
No obstante descubierta, por fin, un arma que puedo utilizar frente al cáustico fustigamiento de mi ingrata visita, retrocedo en mi actitud avasallantemente cínica que parece debilitarla como si le presentara un crucifijo a drácula. Es la tía Gertrudis, mi acérrima enemiga, que se toma la molestia de ser franca frente a mí, le desagrado tanto como ella a mi, es mi Némesis intelectual y no dará tregua para hacerme parecer un idiota en cualquier ocasión (y vaya que lo ha logrado muchas veces). ¡Por Dios! Comienzo a tenerle respeto a la condenada.
Cada crítica que con los  hechos refuto y destruyo, me cede fuerza y seguridad, cada espinoso comentario que de ella se desprende, es una invitación a trascender. 
Creo que esta aberración de la naturaleza ha hecho más por mí que profesores, pseudoamigos y parientes cercanos, hizo su correspondiente aportación a mi carácter sometiéndolo a prueba.
Caray, ¿debo apreciarla por ello?.. no, definitivamente no. Quiero evitar que me pase lo que a las ostras, que para prevenir que una escoria les lastime, la cubren de nácar. Así que no quiero revestir a mi enemigo con falsas cualidades que sólo son proyecciones de las que yo quisiera tener.
Así que inmediatamente, uso una de mis vulgaridades domingueras para terminar con este lapso de quietud reflexiva, y provocar en esa doña alguna de sus letanías acostumbradas: “no debiste casarte con él, mija”, “no se podía esperar más de ti…”, “ese es el ejemplo que le das a tus hijos…”.
El reloj sigue su marcha y la hora de la desagradable visita termina, mi cónyuge, a propósito me pide busque algo en la habitación de arriba mientras ella despide cariñosamente a su tía para evitar amargarle el momento, me parece extraño como esa mujer puede ser tan desagradablemente hostil con mi persona, pero a la vez tolerante, permisiva y cariñosa con mi mujer, vaya personaje.
Sea éste pues el párrafo final de tan extraña historia que a estas alturas de la madrugada raya en la alucinación.
Concluyo que todas las personas debieran hacerse de un enemigo, en caso de no tener ninguno, pero nunca tan grande como para no poder vencerlo, ya que a falta de fuerza para derrotarlo, llega la tolerancia para comenzar a quererlo, y quien empieza a querer a su enemigo, comienza a traicionarse a si mismo.
El misterio del gentilicio impúdico
 
¿De dónde nos visitan?  -con amabilidad casi mecánica pregunta el joven que despacha en estanquillo dispuesto para atender turistas despistados en Reforma-, Jalisco!, responden algunos; “Colima”, dicen otros; yo simplemente guardo dubitativo silencio mientras evoco recuerdos de mi niñez en aquellos lugares, pero antes que el silencio se extendiera más, declaro: “De Bélgica, cuatro veces, pero no me gustan las de mi país!”. El joven que instantes atrás acartonado recitaba su “speech” de anfitrión tercermundista no puede evitar entrecerrar los ojos mientras ahoga una involuntaria carcajada ante la presencia de las damas y de mi inesperada respuesta… “Oh, un ciudadano de Bélgica… de esos hay muchos por aquí”;  las inocentes miradas de quienes acompaño no pueden esconder su desconcierto que sólo exhalta la pícara intención de tan impúdico gentilicio (1) y suelto a reír tratando de respetar la discreción de mi espontáneo cómplice abreviando al máximo mi morboso disfrute de la confusión ajena.
Sin dar pie a inmediatas explicaciones me abro paso entre el pequeño grupo y con billetera en mano pido un boleto para el “turibus” que abordo casi de inmediato por delante de mis compañeros.
La casi inocente curiosidad de un coterráneo dispuesto a develar los crípticos misterios de mi origen europeo, no deja de requerirme envidiosa explicación por los instantes previos al abordaje cuando de unas cuantas palabras, pude obtener algo de diversión. Por un momento me sentí parte de una especie de secreta sociedad que esconde de los profanos los misterios del altísimo albur, así que con actitud altiva acompañada de una mueca que no puede ocultar mi burlona malicia, respondo: “paciencia mi pequeño saltamontes”.
Dejando atrás las intrigantes razones de mi ciudadanía honoraria, coloco mis audífonos para escuchar el audio explicativo de nuestro recorrido que sólo aumenta el letargo heredado del hastío y el cansancio que nunca esta ciudad exenta de cobrarme como rutinario peaje de mi ahora indiferente transitar por ella, amén del enervante sonsonete de un motor que pareciera diseñado para no pasar desapercibido aún en esta ruidosa ciudad.
Ante este hipnótico vaivén comienzo una de mis acostumbradas filosofocaciones (2) que me conducen al naufragio mental de las ideas. Sólo me rescata la curiosidad del compañero que abandona su lugar al final del pasillo y no queriendo darse por vencido casi me reclama por una explicación: “ándale cabrón, ya dime…”
Cuando sucumbo a la tentación de revelarle la malsana intención escondida detrás del fálico gentilicio, me mira por tan sólo un instante y ríe escandalosamente. La chusca intriga le bastó para mantenerse risueño el resto del trayecto lejos de donde yo me encontraba.
Al bajar del vehículo, coincidimos en las escalinatas y sonreímos siendo ahora hermanos de la misma vulgaridad: “Con qué de Bélgica ¿verdad cabrón?”, afirma sin dejar de mirarme, dejando evidencia del conocimiento que le fue revelado a manera de epifanía chilanga.
Minutos después, caminando el grupo a nuestras respectivas habitaciones de hotel, una compañera cuestiona con ingenuidad: “Oigan, ¿cómo está eso de Bélgica?”, el ahora iniciado en la orden del sagrado albur, me consulta con la mirada y sentencia:”Paciencia mi pequeño saltamontes, paciencia…”
(1) Belga es el nombre de los oriundos de Bélgica
(2) Filosofoco. Etimológicamente proviene del vocablo filos que significa amor y sofoco que denota precisamente eso: ausencia de aire, es decir, que filosofocación es la acción de ahogarse con sus propias estupideces
Musitando al ventilador
 
“Baje dos tallas en tan sólo 5 días”, “llame ya”. Las frases han comenzado a ganar familiaridad en mis noches de insomnio; el sistema de televisión de cable local ha dictaminado que no soy cliente de su interés por vivir a tan sólo 15 metros del final de su cobertura –menudo ejemplo de “vivir al límite”. Por eso es que cuando el cansancio me abandona y mi ábaco ovejero prefiere pastar en praderas de otros insomnes, sucumbo ante la maravilla de los genios de la felicidad instantánea, que prometen cambiarme la vida con tan sólo 15 minutos tres veces por semana, sin menospreciar, desde luego, los servicios telefónicos 01-900 y su indiscutible aporte a la humanidad. Sea pues mi adicción a la televisión abierta nocturna y sus infomerciales, tomada como un acto de solidaridad hacia todos los enajenados nocturnos del planeta.

La noche refresca y, no obstante mi delirio ante el democrático entretenimiento público, me distraigo ante la invitación que mis reservas calóricas hacen para coquetearle al ventilador que, después de 15 años, bien podría servir de ejemplo sobre el uso atípico de la cinta adhesiva como instrumento único de reparación de cualquier electrodoméstico. Es increíble como la ausencia de botones en su caja de control, lejos de ser molesto, se ha convertido en una útil característica cuando a media noche y con la luz apagada hay que activar tan indispensable aparato a través de la exploración táctil de sus controles.
 
Siendo este escenario el que gobierna el ambiente, llega a mí a manera de epifanía, la idea sobre cómo mi viejo ventilador y su ajuar de cinta adhesiva puede convertirse en una lucrativa iniciativa. Ya puedo imaginármelo: una despeinada mujer vestida cuál la más fodonga de las comadres de vecindad, sudando como cerdo (1) frente al desvencijado ventilador, suplica por ayuda al no poder refrescarse en un caluroso día de verano; entonces entra mister maskin teip para salvarle la vida y mostrarle la cinta supercalifragilisticaespialidosa marca acme y su poder para resolverle la existencia; seguida escena, aquella mujer mata pasiones se transforma en una super sexy usuaria de un ventilador rehabilitado usando la sabiduría milenaria de la cinta adhesiva. Lo tengo todo planeado, cuando la versión de papel de la cinta haya pasado de moda, entraré con nuevos producto como la cinta canela o la cinta pegajosa mata moscas, incluyendo un video sobre autosugestión refrigerante donde explique a los fieles del consumismo, formas para aprovechar al máximo su renovado aparado soplador: “adentro el aire bueno, afuera el aire malo” (2). ¡Será todo un éxito!

En fin, inconcientemente menciono mi nuevo mantram publicitario en voz alta, y me doy cuenta que pasada la media noche me encuentro musitándole al ventilador que tras un par de golpes no atina funcionar. Me imagino qué podría decirle a mis futuros clientes de la cinta adhesiva milagrosa ante una situación similar y resuelvo: “si en treinta días no está satisfecho le devolvemos su bochorno. Garantizado!!!”.
 
(1) Jamás he visto sudar a un cerdo, uso la frase como acto de fe acerca que los marranos si pueden sudar.
(2) Si, se lo copié a “Don gato y su pandilla” 
A mis incomprendidos héroes

No es menester mío ensalzar el mecenazgo de todos los que han patrocinado mi casi artística trayectoria –en estos tiempos donde cualquier cosa extraña es denominada “arte”-, ni tampoco especular sobre cuán adversa hubiera sido mi existencia de no contar con su pródiga intervención. Quisiera en cambio, mencionar a algunos de los casi invisibles héroes que incomprendidos en su mayoría, involuntariamente ejercieron la influencia suficiente en mi conciencia para enfilar el rumbo de mis actos hacia horizontes desconocidos, si bien muchos tempestuosos, todos llenos de aventura y enseñanza.

  • A mis padres, porque con el cromosoma necesario me facilitaron la vida procreándome hombre.
  • Gracias a mi amiguita Lucía del kindergarden por enseñarme que las faldas de las niñas sirven para ver por debajo.
  • A las mujeres difíciles, porque me ayudaron a interesarme en las chicas fáciles.
  • A las chicas fáciles porque me hicieron apreciar a las chicas buenas.
  • A las chicas buenas por no haberse alejado.
  • A mis maestros de humanidades, que con su mediocridad me invitaron a estudiar ciencias.
  • A mis maestros de ciencias por hacerme cambiar de parecer.
  • A mis malos jefes, porque haciendo lo opuesto a sus enseñanzas, me fue bien.
  • A Murphy por su optimismo.

La inacabada lista de agradecimientos deberá revisarse con periodicidad para que el ejercicio retrospectivo de evaluar las coyunturas pasadas y sus consecuencias puedan ponderarse y actualizar mi “ranking” personal de precursores de inspiración.

El reencuentro de los apodos
 
Me da gusto saber que hay cosas que el tiempo no puede tocar. Atrás de los ya no tan lozanos rostros, las sobrias vestimentas y de la mesura de la adultez, sigo viendo los mismos alegres, chispeantes y hasta perversos ojos que denotan lo que en el interior de cada uno se gesta.
 
"Ingeniero" les llaman a algunos; "licenciado", a otros más, pero quien nos haya conocido en otrora época, se daría cuenta que esos títulos no son sino otro apodo más de los que estábamos acostumbrados a recibir.
 
 

Real de catorce y el viaje incoherente
(1ª. Parte)
 
Para los que vivimos en una tierra donde bosques, volcanes y playas son vecinos del mismo barrio, la palabra “lejos” es más bien una ironía emparentada con el “cerca” de quienes entre la sierra y el desierto consumen horas para tan sólo salir del lugar donde se encuentran.
El vínculo sarcástico de tales palabras que denotan tiempo, lugar y distancia, fue el que motivó a mi voluntad para buscar el santo grial de la relatividad en pos del punto donde “cerca” y “lejos” comulgan en “aquí y ahora”. Tal pretensión podría cumplirse tal vez, en un lugar mágico donde el tiempo pudiera torcerse y las distancias anudarse.
Para emprender tan incoherente aventura pensé en buscar la ayuda de la savia alucinógena de algunas “plantas de poder” como Carlos Castaneda en “Las enseñanzas de Don Juan”, pero concluí que ese lugar mágico que ansiaba conocer no era exclusividad de las realidades alternas o hiperrealidad shamánica, así que abrí el “Google earth” que es mucho más poderoso que la mezcalina para recorrer grandes distancias en un instante, y busqué la ubicación de Real de catorce en San Luis Potosí.
Para la aventura en pos de Real de Catorce debía reclutar a quienes compartieran mi locura con igual entusiasmo haciendo a un lado las razones que al hombre blanco le impedirían emprender una travesía inútil ante sus ojos materialistas. Así, el único hijo de mi progenitora que no soy yo (a quien en este texto llamaré “Kirk”), y el hermano de mi hija que es nieto de mi madre y sobrino del primer recluta, mejor conocido como “Spok” (*), nos dimos a la tarea de recorrer los caminos de México para llegar a este anhelado lugar.

“…debía reclutar a quienes compartieran mi locura:
el capitán Kirk y Mr. Spok…”
 
 
La tripulación: el capitán “Kirk” y el contramaestre Mr. Spok

 
Las indicaciones que recibimos eran precisas, pero el tiempo que nuestro vehículo tardaba en encontrar la siguiente evidencia de ruta correcta nos hacía dudar con frecuencia. Spok preguntaba con regularidad: “¿falta mucho?” para recibir de Kirk con la misma frecuencia pero a mayor paciencia “no, ya no falta mucho”.

“…preguntaba Mr. Spok: ¿Falta mucho?…” 
 


No recuerdo haber contado tantas veces los mismos chistes, ni tampoco escuchar una y otra vez los mismos CD’s, por lo menos no desde la época en que mi juventud sólo alcanzaba para adquirir unos pocos álbumes (bendito MP3!!!), el tiempo era difícil de llenar ante la monotonía de aquellos lugares donde a pesar de las horas, el paisaje era exactamente el mismo: grandes plantas peludas, que más parecían corales de tierra firme que árboles, todo en un ambiente cuya llana inmensidad prolongada hacia el horizonte provocaba en mi una sensación de pequeñez tal como lo hace el mar con su imponente bastedad. Los especímenes cuyo follaje semejante a la pelusa de un ombligo, se intercalaban como rebeldes entre ese pardo bosque de peludos troncos como recordatorio que aunque pelones y tristes también son árboles e igualmente vivos saludan tolerantes al implacable sol sequía tras sequía.
 

Extraña vegetación peluda
 
Tras la conciencia de estos hechos, caí en conclusión que nos acercábamos a nuestra mágica meta, porque el tiempo y la conciencia de él eran fáciles de perder; tan sólo entre un par de temas de conversación podía haber transcurrido una hora o tan sólo unos minutos: era el camino hacia Real de Catorce.
Cada páramo parecía coquetear con mi alucinante meta, el enervante sabor a desolación del altiplano embriagaba mi conciencia obligándome a descubrir la belleza en esos minimalistas decorados, tal como lo haría un cliente de cualquier austero congal que del aguardiente se vale para encontrar sensualidad entre los adiposos pliegues en la piel de su veterana y poco femenina acompañante: después de la tercer botella todo mejora. Así, poco a poco fui enamorándome del ahora exótico paisaje, entendiendo que estábamos graduándonos de parvulitos en la escuela de quienes buscan admirar a Real de Catorce con todo su esplendor.

“…después de la tercer botella, todo mejora…”
 


 Remedos de pueblo comenzaron a aparecer haciéndose acompañar de una contrastante luz que se hacía reflejar en cualquier superficie por rugosa y gris que esta fuera, endureciendo las sombras haciendo un interesante juego de contrastes entre luz enceguecedora y sombras ultra enegrecidas, haciéndole al “Rembrant” con su claroscuro.
 
 
 
 


Rincones atrapados en el pasado


Un rincón “cochino”

La altura aumentaba y el cielo pareciera abrirse poco a poco, aclarando aún más el paisaje entre un intensísimo azul cielo, como si la naturaleza correspondiera a nuestro embelezo visual y se desnudara para dejar que nuestra imaginación y su belleza se poseyeran mutuamente en una voluptuosa danza de contemplación y locura que provocaba euforia entre quienes pasajeros de aquella Ford Ranger veíamos a lo lejos el principio del fin de nuestro camino: el túnel Ogarrio de Real de Catorce.

(Continuará)

San Gabriel, el lugar más lejano
de la cercana tierra de Ixtlahuacán

 
Varios años viví en aquella casa; los lugareños parecían ya viejos conocidos y sus rostros formaban parte de aquel familiar paisaje, además mi rutina era ya predecible por todos. Los detalles de las superficies expuestas a la calle en las fachadas de aquellas viviendas que compartían vecindad con la que habitaba comenzaron a formar un retrato que difícilmente podía dejar de reforzarse por el paso de los días,  imposible, por tanto, que unas manos de pintura o algún recorte en la jardinería de aquellas propiedades pasaran desapercibidos para mis ojos. Cualquier cambio generaría la misma sensación que provoqué a mi cónyuge cuando después de varios años decidí rasurarme el bigote, “¿Qué te hiciste gordo?” me preguntaba entre acusadora y sorprendida levantando la ceja, entrecerrando los ojos y enchuecando la boca como sonriendo.
Cuando al cabo de algún tiempo tuve que abandonar aquel lugar para continuar mi camino en otra ciudad, quise despedirme de todos aquellos con los que a base de tiempo y vecindad construí simpatía. Salí de la casa que deshabitaba y a pié crucé la calle para despedirme de los vecinos de la acera de enfrente; tan sólo unas palabras de cortesía y de agradecimiento por la cordialidad y tolerancia mostrada durante esos años, Recorrí lo necesario como para alejarme de la puerta y terminar aquel protocolario adiós; volví en mí para contemplar la que todavía sentía como “mi casa”, oh sorpresa: ¡Qué frondoso y bonito árbol yace en mi banqueta!, vibrante color verde iluminaba su follaje, hasta me pareció que algunos pajarillos trinaban en estereofónico desde aquel árbol. Durante todos esos años sólo me dediqué a elogiar la frescura de su sombra y a quejarme de su hojarasca, pero nunca había cruzado la banqueta para admirarlo y oírlo susurrar, bonita estampa aquella que común era entre mis vecinos, pero que en ese momento generaba dentro de mí una sensación de “¿Qué te hiciste casa?”.
Cuando los meses pasaron y en la nueva ciudad repetí la osadía de liberarme del bello facial, la frase “¿Qué te hiciste?” apareció una vez más. Entonces reflexioné en todas las cosas que estando cerca no he querido contemplar por la simple razón que mi rutina es en sí misma un tributo a la monotonía.  Quise experimentar el “¿Qué te hiciste Colima?” visitando el único municipio sobre el que nunca había puesto pie: Ixtlahuacán.
Florida entrada a la cabecera municipal de Ixtlahuacán
 
El campanario de la inglesia principal. Tan sencillo como el pueblo mismo
Contemplando el jardín
Este es tal vez el municipio más humilde de toda la geografía estatal, su cabecera no es más grande que muchas otras pequeñas poblaciones rurales de otros estados. Sin embargo, este lugar cuya fama reside en su tradición melonera, esconde entre sus parajes a las grutas de San Gabriel, lugar que me parecería magnífico para empezar a contemplar a Colima desde un ángulo completamente distinto: bajo tierra. 
Para los que aluden a la idea sobre que lo importante no es la meta sino cómo se recorra el camino a ella, debo cederles un mucho de razón, ya que aunque San Gabriel, mi meta, es un lugar que hace valer la pena el no breve recorrido por sinuosos y esbeltos caminos rurales,  debo reconocer que la andanza en pos fue parte importante de la experiencia, como fiel preparativo para apreciar la grandeza de aquel caprichoso escondrijo pétreo.
Camino en pos de San Gabriel
 


En el camino nos topamos con lo que pareciera ser un viejo horno

La naturaleza regaló a nuestra vista este colorido aperitivo antes de ingresar a San Gabriel

 

 


Entrada a la gruta


Con respeto pasamos junto a este árbol cuyas profundas raíces nos muestra que tiene mucho tiempo ya en este lugar

Interminables escalones arrancan resuellos a cualquiera


Paredes y techos de roca, magnífico lugar

Una vez llegado al lugar, comenzamos a descender percatándonos cómo la luz con timidez dejaba lugar a una profunda y abrumadora oscuridad que debía ser conjurada con la artificialidad de algunos focos apostados en laderas y pisos. La temperatura ascendiente provocaba una copiosa sudoración que empañaba mis gafas y dificultaba mi visión que de por sí estaba exigida en tan precarias condiciones de luz, amén de la humedad que se volvía densa e incómoda; la respiración que con automatismo se ejecuta en el exterior, se hacía conciente en aquel lugar cuyo entorno no pareciera muy propicio para permanecer por mucho tiempo.

Finalmente, ante el esplendor de aquellos muros y techos esculpidos por millardos de años no pudimos sino concluir que hasta por debajo, esta tierra es maravillosa.

Basura

 
Se encuentran dos en el área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se hablan.
— Buenos días…
— Buenos días.
— La señora es del 610.
— Y, el señor del 612.
— Sí.
— Yo aún no lo conocía personalmente…
— De hecho…
— Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura…
— ¿Mi qué?
— Su basura.
— Ah…
— Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña…
— En realidad sólo soy yo.
— Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.
— Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar…
— Entiendo.
— Y usted también…
— Puede tutearme.
— También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así…
— Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra…
— Usted… ¿Tú no tienes familia?
— Tengo, pero no son de aquí.
— Son de Espírito Santo.
— ¿Cómo lo sabe?
— Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.
— Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.
— ¿Ella es profesora?
— ¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?
— Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.
— Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.
— Así es.
— Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.
— Así fue.
— ¿Malas noticias?
— Mi padre. Murió.
— Lo siento mucho.
— Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
— ¿Fue por eso que volviste a fumar?
— ¿Cómo es que sabes?
— De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.
— Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.
— Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
— Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura…
— Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.
— ¿Peleaste con tu novio, no es verdad?
— ¿Eso, también lo descubriste en la basura?
— Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.
— Es que lloré mucho, pero ya pasó.
— Pero incluso hoy vi unos pañuelitos…
— Es que estoy un poquito resfriada.
— Ah.
— Veo muchos crucigramas en tu basura.
— Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.
— ¿Novia?
— No.
— Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.
— Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.
— No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.
— ¡Tú estás analizando mi basura!
— No puedo negar que tu basura me interesó.
— Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.
— ¡No! ¿Viste mis poemas?
— Vi y me gustaron mucho.
— Pero, ¡si son tan malos!
— Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.
— Si yo supiera que los ibas a leer…
— Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?
— Creo que no. Basura es de dominio público.
— Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?
— Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que…
— Ayer, en tu basura…
— ¿Qué?
— ¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?
— Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.
— ¡Me encantan los camarones!
— Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos…
— ¿Cenar juntos?
— ¿Por qué no?
— No quiero darte trabajo.
— No es ningún trabajo.
— Pero vas a ensuciar tu cocina.
— Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.
— ¿En tu basura o en la mía?
 
Basura, título original "Lixo", cuento de Luis Fernando Veríssimo, incluido en su libro de crónicas y cuentos O Analista de Bagé e, posteriormente, antologado en O Novo Conto Brasileiro por Malcolm Silverman (Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1985).
Traducción de Paula Vera.