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Monthly Archives: abril 2006

La danza del quiote y el colibrí

No recuerdo en qué momento de mi infancia escuché un cuento sobre un rey muy poderoso cuyas riquezas no le bastaban para ser feliz. Consultando a algún personaje lleno de sabiduría éste le dijo que debía buscar un ave azul cuyas propiedades mágicas le darían lo que él tanto anhelaba; se le advirtió que la búsqueda podría no ser fácil, por lo que el rey encomendó a sus más leales sirvientes para que recorrieran el mundo en pos de ese amuleto de dicha. Toda una vida no fue suficiente para que aquella búsqueda concluyera, y en su lecho de muerte, frustrado por la infructuosa empresa que le consumiera la existencia, el poderoso magnate miró hacia su ventana y por primera vez puso atención al ave que todos los días cantaba al pie. Era el ave azul que tanto buscó y que siempre estuvo cerca de él.
 Aún cuando para recorrer mi reino sólo se requiera el breve instante entre caminar de la sala al patio de mi vivienda de interés social, hice el ejercicio de mirar tras ventanales en la morada de la creadora de mis días, descubriendo que un quiote de sábila era visitado por un diminuto colibrí, cuya intimidad me atreví a transgreder con mi cámara. No espero que esto me dé la fórmula de la felicidad eterna, pero si me hace pensar que si en el estrecho jardín de mi madre existe tanta belleza esperando ser descubierta con tan sólo hacer un “zoom in”, a lo mejor el mundo guarda aún más maravillas.


Parece que el colibrí no se intimida ante nuestra presencia


La danza del quiote y el colibri

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Laguna Milagros,
Quintana Roo
 

Si Jacques Cousteau e Indiana Jones tuvieran que seleccionar un lugar de espectaculares playas de arena blanca, islas desiertos y zonas arqueológicas entre la selva, seguramente pensarían en Quintana Roo.


Esta provincia mexicana, cuya geografía falta de accidentes muestra entre su rala espesura lo poroso de sus terrenos, tiene entre su inventario de maravillas a la laguna Milagros que se localiza a pocos kilómetros de la capital del estado. Tal vez sean los aproximadamente 400Km. que distancian Cancún de este destino, lo que conserve el encanto natural que le caracteriza.
No sé si fue el color turquesa blanquecino de sus aguas o la tibia caricia que el viento regalaba a mi rostro lo que me cautivó aquella tarde, pero seguro estoy de la símil sensación de quienes en aquel antiguo mundo maya hicieron el mismo humilde ejercicio de contemplación ante el argumento arquitectónico de los dioses.

 

Un pequeño muelle que irrumpe en el turquesa del agua.

 

Bella estampa azulina.

 

 El remanente de lo que parece ser un palco para carreras de lanchas.

 

Jugando a sostener el muelle