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Monthly Archives: enero 2007

San Gabriel, el lugar más lejano
de la cercana tierra de Ixtlahuacán

 
Varios años viví en aquella casa; los lugareños parecían ya viejos conocidos y sus rostros formaban parte de aquel familiar paisaje, además mi rutina era ya predecible por todos. Los detalles de las superficies expuestas a la calle en las fachadas de aquellas viviendas que compartían vecindad con la que habitaba comenzaron a formar un retrato que difícilmente podía dejar de reforzarse por el paso de los días,  imposible, por tanto, que unas manos de pintura o algún recorte en la jardinería de aquellas propiedades pasaran desapercibidos para mis ojos. Cualquier cambio generaría la misma sensación que provoqué a mi cónyuge cuando después de varios años decidí rasurarme el bigote, “¿Qué te hiciste gordo?” me preguntaba entre acusadora y sorprendida levantando la ceja, entrecerrando los ojos y enchuecando la boca como sonriendo.
Cuando al cabo de algún tiempo tuve que abandonar aquel lugar para continuar mi camino en otra ciudad, quise despedirme de todos aquellos con los que a base de tiempo y vecindad construí simpatía. Salí de la casa que deshabitaba y a pié crucé la calle para despedirme de los vecinos de la acera de enfrente; tan sólo unas palabras de cortesía y de agradecimiento por la cordialidad y tolerancia mostrada durante esos años, Recorrí lo necesario como para alejarme de la puerta y terminar aquel protocolario adiós; volví en mí para contemplar la que todavía sentía como “mi casa”, oh sorpresa: ¡Qué frondoso y bonito árbol yace en mi banqueta!, vibrante color verde iluminaba su follaje, hasta me pareció que algunos pajarillos trinaban en estereofónico desde aquel árbol. Durante todos esos años sólo me dediqué a elogiar la frescura de su sombra y a quejarme de su hojarasca, pero nunca había cruzado la banqueta para admirarlo y oírlo susurrar, bonita estampa aquella que común era entre mis vecinos, pero que en ese momento generaba dentro de mí una sensación de “¿Qué te hiciste casa?”.
Cuando los meses pasaron y en la nueva ciudad repetí la osadía de liberarme del bello facial, la frase “¿Qué te hiciste?” apareció una vez más. Entonces reflexioné en todas las cosas que estando cerca no he querido contemplar por la simple razón que mi rutina es en sí misma un tributo a la monotonía.  Quise experimentar el “¿Qué te hiciste Colima?” visitando el único municipio sobre el que nunca había puesto pie: Ixtlahuacán.
Florida entrada a la cabecera municipal de Ixtlahuacán
 
El campanario de la inglesia principal. Tan sencillo como el pueblo mismo
Contemplando el jardín
Este es tal vez el municipio más humilde de toda la geografía estatal, su cabecera no es más grande que muchas otras pequeñas poblaciones rurales de otros estados. Sin embargo, este lugar cuya fama reside en su tradición melonera, esconde entre sus parajes a las grutas de San Gabriel, lugar que me parecería magnífico para empezar a contemplar a Colima desde un ángulo completamente distinto: bajo tierra. 
Para los que aluden a la idea sobre que lo importante no es la meta sino cómo se recorra el camino a ella, debo cederles un mucho de razón, ya que aunque San Gabriel, mi meta, es un lugar que hace valer la pena el no breve recorrido por sinuosos y esbeltos caminos rurales,  debo reconocer que la andanza en pos fue parte importante de la experiencia, como fiel preparativo para apreciar la grandeza de aquel caprichoso escondrijo pétreo.
Camino en pos de San Gabriel
 


En el camino nos topamos con lo que pareciera ser un viejo horno

La naturaleza regaló a nuestra vista este colorido aperitivo antes de ingresar a San Gabriel

 

 


Entrada a la gruta


Con respeto pasamos junto a este árbol cuyas profundas raíces nos muestra que tiene mucho tiempo ya en este lugar

Interminables escalones arrancan resuellos a cualquiera


Paredes y techos de roca, magnífico lugar

Una vez llegado al lugar, comenzamos a descender percatándonos cómo la luz con timidez dejaba lugar a una profunda y abrumadora oscuridad que debía ser conjurada con la artificialidad de algunos focos apostados en laderas y pisos. La temperatura ascendiente provocaba una copiosa sudoración que empañaba mis gafas y dificultaba mi visión que de por sí estaba exigida en tan precarias condiciones de luz, amén de la humedad que se volvía densa e incómoda; la respiración que con automatismo se ejecuta en el exterior, se hacía conciente en aquel lugar cuyo entorno no pareciera muy propicio para permanecer por mucho tiempo.

Finalmente, ante el esplendor de aquellos muros y techos esculpidos por millardos de años no pudimos sino concluir que hasta por debajo, esta tierra es maravillosa.