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El misterio del gentilicio impúdico
 
¿De dónde nos visitan?  -con amabilidad casi mecánica pregunta el joven que despacha en estanquillo dispuesto para atender turistas despistados en Reforma-, Jalisco!, responden algunos; “Colima”, dicen otros; yo simplemente guardo dubitativo silencio mientras evoco recuerdos de mi niñez en aquellos lugares, pero antes que el silencio se extendiera más, declaro: “De Bélgica, cuatro veces, pero no me gustan las de mi país!”. El joven que instantes atrás acartonado recitaba su “speech” de anfitrión tercermundista no puede evitar entrecerrar los ojos mientras ahoga una involuntaria carcajada ante la presencia de las damas y de mi inesperada respuesta… “Oh, un ciudadano de Bélgica… de esos hay muchos por aquí”;  las inocentes miradas de quienes acompaño no pueden esconder su desconcierto que sólo exhalta la pícara intención de tan impúdico gentilicio (1) y suelto a reír tratando de respetar la discreción de mi espontáneo cómplice abreviando al máximo mi morboso disfrute de la confusión ajena.
Sin dar pie a inmediatas explicaciones me abro paso entre el pequeño grupo y con billetera en mano pido un boleto para el “turibus” que abordo casi de inmediato por delante de mis compañeros.
La casi inocente curiosidad de un coterráneo dispuesto a develar los crípticos misterios de mi origen europeo, no deja de requerirme envidiosa explicación por los instantes previos al abordaje cuando de unas cuantas palabras, pude obtener algo de diversión. Por un momento me sentí parte de una especie de secreta sociedad que esconde de los profanos los misterios del altísimo albur, así que con actitud altiva acompañada de una mueca que no puede ocultar mi burlona malicia, respondo: “paciencia mi pequeño saltamontes”.
Dejando atrás las intrigantes razones de mi ciudadanía honoraria, coloco mis audífonos para escuchar el audio explicativo de nuestro recorrido que sólo aumenta el letargo heredado del hastío y el cansancio que nunca esta ciudad exenta de cobrarme como rutinario peaje de mi ahora indiferente transitar por ella, amén del enervante sonsonete de un motor que pareciera diseñado para no pasar desapercibido aún en esta ruidosa ciudad.
Ante este hipnótico vaivén comienzo una de mis acostumbradas filosofocaciones (2) que me conducen al naufragio mental de las ideas. Sólo me rescata la curiosidad del compañero que abandona su lugar al final del pasillo y no queriendo darse por vencido casi me reclama por una explicación: “ándale cabrón, ya dime…”
Cuando sucumbo a la tentación de revelarle la malsana intención escondida detrás del fálico gentilicio, me mira por tan sólo un instante y ríe escandalosamente. La chusca intriga le bastó para mantenerse risueño el resto del trayecto lejos de donde yo me encontraba.
Al bajar del vehículo, coincidimos en las escalinatas y sonreímos siendo ahora hermanos de la misma vulgaridad: “Con qué de Bélgica ¿verdad cabrón?”, afirma sin dejar de mirarme, dejando evidencia del conocimiento que le fue revelado a manera de epifanía chilanga.
Minutos después, caminando el grupo a nuestras respectivas habitaciones de hotel, una compañera cuestiona con ingenuidad: “Oigan, ¿cómo está eso de Bélgica?”, el ahora iniciado en la orden del sagrado albur, me consulta con la mirada y sentencia:”Paciencia mi pequeño saltamontes, paciencia…”
(1) Belga es el nombre de los oriundos de Bélgica
(2) Filosofoco. Etimológicamente proviene del vocablo filos que significa amor y sofoco que denota precisamente eso: ausencia de aire, es decir, que filosofocación es la acción de ahogarse con sus propias estupideces
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