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Monthly Archives: noviembre 2008

Enemigo de mi guarda…
 
Enemigo de mi guarda de ausente cortesía
Nunca a mi ofendas con regalo o pleitesía.
amarga mi alma con un poco de hiel
que con digno veneno te responderé
 
¡Otra nochesita! Tanta cafeína en mi organismo no deja que un poco de sueño sosiegue mi vagabunda conciencia. Como siempre, mi indecente laptop, sujeta de mis manoseos mecanográficos, deja que me desahogue con ella sin que tenga yo que escuchar “oye, ya déjame dormir, son las cuatro de la mañana”.
Me convierto en victimas de mis propios delirios de escritor y sucumbo a la tentación de expresar en prosa banquetera las ideas que en mi mente arremolinan y algodonan.
Hace meses me visitó un pariente político de esos que con el tiempo y a base de evitar cualquier signo de confrontación con tu persona, empiezan a ganar tu aceptación hasta que empiezas a considerarlo un amigo. No sé si indignarme más de la mediocre actitud de quien como espejo sólo emula mis ideas y las repite para ganar mi aceptación o de mi estúpida ingenuidad que a sabiendas de la falsedad que tras el buen comentario se esconde acepto tan ruín compañía. Largo tiempo ha pasado desde la última vez que lo ví, creo que le presté herramienta, y aunque sé que viene a pedirme algo, me alegro de verlo, porque aunque lo sé falso, es una persona agradable y graciosa. Creo que abriré mi propia línea psíquica, porque con fatídico final atino a mi súbito pronóstico cuando lo veo venir “esta cabrón viene a pedirme algo”, y tal cuál, el “pariente-amigo”, me saluda con salamería y dispone cinco minutos de su tiempo para hostigarme con halagos para hacerme recordar cuánto lo estimo. Después de su discurso, y sin demasiado preámbulo revela su intención de bendecir mi chequera con el honor de expedirle sendo préstamo personal que por la entrañable amistad que nos une, hace la distinción de permitir yo le haga. Para mi suerte, este bello cuerpo llevaba ya algunos alcoholes en su registro (jugaron las chivas y ganaron), y con la desinhibición que me caracteriza en ese estado, pierdo las formas y le contesto: “hombre gracias por el favor”. Creo que si me desempeñara en el servicio exterior ya hubiera provocado la tercera guerra mundial, porque dicen que nada ofende más a un sinvergüenza que la cruda verdad, y para el caso de mi disque pariente no fue la excepción, cuando indignado por el comentario sólo atina a expresar su descontento y a desaparecerse de tan intempestiva forma como se presentó. Diosito, si creyera en tu existencia, agradecería tu divina intervención, mira que ponerme briago antes de recibir tan poco rentable visita, es providencia celestial.
Días después, la tía Gertrudis(1), de esas tías políticas que nunca te aceptaron, de esas que piensan que siempre fuiste poca cosa pa’ su sobrina, se hace presente so pretexto de estar de visita por la ciudad. “Dile a la pinche vieja que vaya mucho a fregar a tu abuela”, declaro a la sobrina consanguínea de la doña y con el miedo de enfrentar una huelga de piernas cerradas, acepto recibir al aborto de Satán en mi casa (al fin que encontré en el eMule(2) un manual para exorcizar mi casa cuando se vaya el esperpento).
 
Mientras más pienso en la tía Gertrudis, más amo a mi suegra
 
“Espectro mutante, animal rastrero, escoria de la vida, te odio y te desprecio”, es lo que se merece doña “Venenosa”, que hedionda a azufre, comienza a criticar todo lo que a su paso se encuentra, “tía, qué bueno que nos visita”, le digo al recibirla (translation: “mother fucker I hate you”).  Y sin siquiera decir “hola”, comienza su tóxica rutina mata autoestima:  “cuando ocupe un lame-botas te busco”. Para no cederle excesivo espacio a tan despreciable y chafa clón de Picachú, diré que recibo una crítica para cada aspecto de mi vida: mi empleo, mi casa, mi forma de vestir, mi aparente desespiritualidad, mi pragmatismo, mis aficiones, la forma de educar a mis hijos… todo… absolutamente todo. La sensación de ese instante es algo especial, parecido al amor a primera vista pero al revés. Con mi primera novia, alquimista de todas mis hormonas, existía un súbito despliegue de euforia mezclada con locura, belleza y fulgor (¡qué cursi caray!). Con la tía Gertrudis experimentaba exactamente lo opuesto, una profunda depresión mezclada con rabia y desesperanza (se me hace que esta doña pidió un préstamo a alguno de los bancos esos grandotes que quebraron, con su sola presencia generó la crisis financiera mundial).
Muy a pesar a la oscura vacuidad que esta criatura maldita genera a su alrededor, percibo algo distinto en mi persona: la sensación de “odio a primera vista” se disipa con prontitud y con cierta sorpresa veo que mis emociones se amansan frente a lo que en otrora tierna juventud hubiera sido un súbito y descortés comentario o la inmovilidad propia de no saber qué responder.
Si bien con el “pariente-amigo” la sensación resultante a su visita fue desagradable, la que se avizoraba aquella tarde era todo lo contrario, la emperatriz del infierno me estaba regalando un momento de extraña quietud cuando mis respuestas, cargadas de burlona y ácida ironía, la hacían torcer el hocico (así es “hocico” como el de los animales).
No obstante descubierta, por fin, un arma que puedo utilizar frente al cáustico fustigamiento de mi ingrata visita, retrocedo en mi actitud avasallantemente cínica que parece debilitarla como si le presentara un crucifijo a drácula. Es la tía Gertrudis, mi acérrima enemiga, que se toma la molestia de ser franca frente a mí, le desagrado tanto como ella a mi, es mi Némesis intelectual y no dará tregua para hacerme parecer un idiota en cualquier ocasión (y vaya que lo ha logrado muchas veces). ¡Por Dios! Comienzo a tenerle respeto a la condenada.
Cada crítica que con los  hechos refuto y destruyo, me cede fuerza y seguridad, cada espinoso comentario que de ella se desprende, es una invitación a trascender. 
Creo que esta aberración de la naturaleza ha hecho más por mí que profesores, pseudoamigos y parientes cercanos, hizo su correspondiente aportación a mi carácter sometiéndolo a prueba.
Caray, ¿debo apreciarla por ello?.. no, definitivamente no. Quiero evitar que me pase lo que a las ostras, que para prevenir que una escoria les lastime, la cubren de nácar. Así que no quiero revestir a mi enemigo con falsas cualidades que sólo son proyecciones de las que yo quisiera tener.
Así que inmediatamente, uso una de mis vulgaridades domingueras para terminar con este lapso de quietud reflexiva, y provocar en esa doña alguna de sus letanías acostumbradas: “no debiste casarte con él, mija”, “no se podía esperar más de ti…”, “ese es el ejemplo que le das a tus hijos…”.
El reloj sigue su marcha y la hora de la desagradable visita termina, mi cónyuge, a propósito me pide busque algo en la habitación de arriba mientras ella despide cariñosamente a su tía para evitar amargarle el momento, me parece extraño como esa mujer puede ser tan desagradablemente hostil con mi persona, pero a la vez tolerante, permisiva y cariñosa con mi mujer, vaya personaje.
Sea éste pues el párrafo final de tan extraña historia que a estas alturas de la madrugada raya en la alucinación.
Concluyo que todas las personas debieran hacerse de un enemigo, en caso de no tener ninguno, pero nunca tan grande como para no poder vencerlo, ya que a falta de fuerza para derrotarlo, llega la tolerancia para comenzar a quererlo, y quien empieza a querer a su enemigo, comienza a traicionarse a si mismo.