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Coleccionando veranos

“Dios no le da alas a los alacranes”, pero a cambio les cede algún talento, aún éste sea el de repartir ponzoña. He de reclamarle al creador que negándome la capacidad de volar, se le acabó el presupuesto de genialidades y me dejó sin ninguna para presumir.
Y como a este mundo matraca algo tendrá uno que hacer; a carencia de talento, presencia de afición, y la mía fue desde siempre la de coleccionar veranos, no importa si son nuevos o de medio uso, roídos, pepenados o lujosos. Simplemente, ejecuto con disciplina militar la rutinaria acción de colectarlos en mi estacionacoteca.
Hace poco tuve que hacer espacio entre los anaqueles para agregar algunos más que no había clasificado aún, y no desaproveché la oportunidad para juguetear y deleitarme con ellos, enorgulleciéndome de su variedad.
Tengo veranos chacoteros, tímidos, y estrámbóticos; veranos silentes, lujuriosos y haraganes; coleccioné veranos quietos, misóginos y románticos; veranos bellos, veranos ardientes, veranos nucleares y fosforilocos, veranos tapados y retrógrados, veranos juguetones y solemnes; veranos nutritivos, veranos tutti frutti, veranos verdes, veranos pestilentes, veranos espirituosos y trasnochados; veranos voluptuosos y poetas; veranos temerarios, veranos capaces, veranos rígidos, veranos liberales, veranos cariñosos y gritones, veranos inciertos, veranos luminosos.
Cuando mi experiencia coleccionista era poca, creí que los veranos no se llevaban bien entre sí, supuse que mi verano ingenuo corría peligro frente a mi verano lujurioso (es que es muy inquieto); creí que el verano rocanrolero le molestaría a mi verano espiritual; supuse que mi verano progresista le haría golpe de estado a mi verano socialista.
Me aventuré a sacarlos de su envoltura porque el embalaje sólo sirve para guardar lo que aún no tiene dueño, y mis veranos hasta firma tienen ya. Hice una ensalada veraniega a riesgo de convertirla en lavadura estacional, experimenté combinar lo impensable y poner a convivir a estos veranos vestidos de junio para ver qué sucedía.
Pero en lugar de batalla campal, aquello fue una suerte de performance surrealista transitando de la evocación a los bacanales romanos, hasta la exaltación de un mitin político.
Ah verano liberal, qué bien se la lleva con el verano aprendiz; y mi verano perverso tiene mucho que enseñar a mi verano virginal; que bella embriaguez de mi verano arrabalero que comparte el aguardiente con el verano bohemio; y qué decir de mi verano finolis, que con pipa y guante curioso charla con mi verano alburero, enseñando cada quien el lenguaje que el otro desconoce; y mi verano gritón por fin encontró compañía con mi verano sordo; y a mi verano folklórico le parecen graciosos los compases de mi verano clásico.
Pachangueros y cinicotes, la fiesta los une y sus diferencias, pretexto de la diversión, parecieran desaparecer, o más bien mezclarse. Mi veranofagia se pregunta ¿a qué sabrían los veranos si éstos pudieran deborarse? Creo que sabrían a fresas con chile y cerveza, sabrían a ostia con charanda y frijoles, a salmón con naranja y tepache; a champagne con nopales y pozole.
¡Qué bonitos mis veranos, qué bonitos!

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One Comment

  1. Primoooo yo te falto poner una foto pintoresca de cada uno de tus veranos, asi como uno te va inmaginando conforme hace la lectura.


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