Skip navigation

Pídele al tiempo,
que no se detenga
 
"Mi existencia tiene un pacto con la muerte, habré de vivir tanto como ella se tarde en alcanzarme”

 

 
 
 
 
 
 
 
Recuerdo el momento en que te conocí: tan corto de estatura como de palabras; me parece que fue ayer cuando después del sueño de la tierna infancia descubriste que el tiempo transportaba tu existencia y que el lejano destino final, te decían, era la muerte.
 
Aún sin percatarte de ello, bajo tus pies moviéndose el tiempo seguía aunque distante pareciera el día en que sin fondo tu andar se quedara. Cuando su transcurrir era heraldo de dicha y placer, injusto parecía andar con rapidez; aunque con la tristeza lo contrarío solía suceder.
Cuando el monocromo de tu juicio era tan predecible como inexacto, y entre el ser o no ser se agotaban tus respuestas, fue el tiempo lo que a tu conciencia color regaló para saber que blanco y negro es tan sólo el romántico contraste entre los párrafos y el papel de un libro de cuentos.
Fue el tiempo lo que sobre tus hombros puso el peso de tus palabras para que ahorraras en frases lo que cargar en consecuencias después no pudieras.
Fueron unas viejas fotos lo que hizo acordarme de ti, se me olvidaba que alguna vez exististe y que alguna vez formaste parte del que ahora veo en el espejo y me percato que aunque te recuerdo no extraño tu presencia, en lo que te has convertido es suficiente para hacerme buena compañía.
 
El propósito de la ecuación parece clara: tu existencia fue tan sólo un experimento, y el tiempo encargado de demostrar si valió la pena el ensayo. Así, le pido al tiempo que no se detenga,  porque por probar mucho queda todavía.

          

Anuncios
Quisiera pensar…
 
Quisiera imaginarme que este vergel perdurará por siempre; sueño con que en el invierno de mi vida pueda recorrer parajes cuyos aromas alimenten mi memoria para recuperar del baúl de mis recuerdos sus más encarecidos tesoros.

Ruego a los dioses que no cese la dádiva de su pictórico afán para permitirme contemplarlo y recordarme que del mismo tintero surgió el argumento de mi existencia.

 

Preferiría pensar que el azul de su manto así permanecerá para cubrirme con él cuando de la tierra desprenderme pueda.

Me gustaría contar con que cada primavera iluminará las sombrías huellas del invierno, cubriéndolas con flores al son de la sinfonía de los susurrantes vientos.


Sé que ambicioso parezco, pero en verdad anhelo ofrecer con mis ojos una ocasional caricia a la tersa piel de natura que sin pudor se muestra hacia todos los que al contemplarla gozan.


Quisiera pensar que el cielo en custodia de mis secretos seguirá, cuando mis algodonados cabellos imiten a las esponjosas nubes, ofendiéndolas en simultáneo por la ausencia de espesura.


 

Desearía que futuro tuviera la aspiración de que mi simiente florezca ante estos mismos sitios y vea lo que yo en antaño.

Esperaría que la gratuidad del paraíso no fuera cosa fugaz.
 

Un verano para hibernar

Que extraño animal es éste, mira que dormir cuando el verano está en plenitud; mira que cuando el sol mejor baña a la tierra con sus rayos él a bostezar comienza.
Rareza en verdad es, porque de sus garras se despoja cuando vulnerable espera el despertar de la nueva estación.
Incómodo contraste entre la estridencia de sus cotidianos gemidos y el silencio que ahora no se atreve a profanar.
Singular ser distingo que durante el invierno colecta lo que entre primavera y verano a sobrevivir le ayudará.
Confiado parece estar con las fauces abiertas sin temor que algún indeseado huésped se aloje dentro de él.
Pobre criatura cuya misión es dormir mientras la fiesta del verano aún explota en flores.

 

;
;


Crónica de una fugaz invasión verde

Sábado 24 de junio

 
La reunión que extendería mi presencia en el planeta “El Naranjo”, desde la galaxia de San Luis Potosí.se cancela, por lo que mi regreso tendrá que adelantarse. Mi hogar, el planeta de las palmeras y los cocos está muy lejano aún; para llegar a él necesito transitar por tres estaciones espaciales cuyas conexiones cuánticas permiten el viaje a velocidad luz. La primera de ellas es la estación espacial “Tampico”, mi arribo ahí estaba programado para mucho después, pero los nobles habitantes de los mundos lejanos que visito me indican que una tormenta cósmica obliga a adelantar el convoy a este primer destino intermedio para evitar contratiempos. Los “agujeros de gusano” que me comunicarán con la estación espacial mayor “Chilangonia” se abren sólo cuando la alineación de ciertos cuerpos celestes es la apropiada, por lo que debo padecer larga espera para cruzar por tan maravillosos portales. Una vez dentro de la cabina de transporte, el espacio-tiempo se tuerce para trasladarnos hasta Chilangonia en un abrir y cerrar de ojos. Para llegar a mi otro destino, la estación especial de los cocos, debo sufrir otra larga espera, por lo que me doy a la tarea de curiosear para conocer un poco de quienes por Chilangonia transitan.
 

Entre muchos otros seres, observo una peculiar criatura de piel verde que tatuados llevan símbolos que pienso tienen que ver con los dioses que adoran, supongo que los dioses “Borgetti” y “Marquez” (sin acento) son los de mayor jerarquía, porque casi todos esgrimen el jeroglífico en sus pieles.
Sin preámbulos un ritual comienza a desarrollarse con euforia; por los gestos de sus actores interpreto ansiedad y júbilo, todo alrededor de la batalla que los habitantes del planeta “Boludo” sostiene con sus congéneres. Al escuchar sus estridentes gritos, me integro a la turba como un gesto de solidaridad intergaláctica, para gritar sus consignas: “pinche pendejo”, “métela, métela”, “arbitro hijo de…”. Mi amplia preparación en la diplomacia cósmica me permite entender algunas de sus frases de bendición proferidas, aunque algunas sólo puedo limitarme a imitar sin comprenderlas del todo, por lo complejo de su composición gutural.  Al terminar la batalla, el fantasma de la derrota se cierne sobre aquellos rostros y las pieles verdes que otrora honroso distingo eran, son arrancadas de sus cuerpos en ademán camaleónico para confundirse con el resto de los viajeros.
Extraña adoración fugaz que duró lo que la transmisión de la gesta.
En la estación anuncian por el comunicador telepático que la cabina número 471 a la estación de los cocos está por partir, así que dejo atrás a las criaturas que renegando quedan de su esplendorosa piel no obstante instantes atrás mostraban sus vivos verdes con orgullo y presunción.
Las noticias indican que el fenómeno se diseminó por todo el universo aún cuando la “invasión verde” fue tan efímera como el recuerdo de estas líneas en la memoria de quienes la lean.

 

Fin de la transmisión…

El Gepeto de Tlaquepaque



La noche tendió su manto hace un tiempo ya, y el arremolinar de la gente en la plaza principal indica que el día llegó a su fin; las personas se precipitan sobre aquel sitio de tradición barrial para visitar la plétora de bares que apostados están en el centro del lugar. Los menos, buscan el cobijo espiritual de la iglesia; los más, simplemente se dan a la tarea de matar el tiempo y disfrutar de la naciente noche.

No sería raro encontrar artistas callejeros buscando el aplauso popular ofreciendo esparcimiento liviano a los paseantes a cambio de unas monedas; pero el arte que al lugar llegó en silencio está, compartiendo con cualquier pantomima sólo el mutismo que le caracteriza. Sin aspavientos ni evoluciones de danza; sin armonía o melodía alguna, el Gepeto de Tlaquepaque hace su aparición para mostrar cómo vida le da al barro que entre sus manos carentes de lisura se acumula hacia los escondrijos de sus pliegues.


Cada creación suya parece cobrar existencia en la imaginación de los espectadores quienes no dejan de mirar con azoro aquel afán cuya aparente suciedad se disipa en su mente cuando al pasar de los minutos la gestación de su nueva creación les ofrece figura.



De pronto surgen ángeles, pastores, vasijas, floreros, platos y ceniceros, todos han brotado de las manos de aquel silente alfarero que a la luz de su lámpara pareciera que interpreta el papel del creador, cuando del barro creó a quien para él, orgullo y dolor fuera en simultáneo.


 


Esplendoroso amanecer

Es una mañana cualquiera, la disputa por el último pedazo de cobija terminó hace horas. La noche anterior, como hace muchas otras, recordé que debo tirar mi vieja almohada a la basura, por protuberante e incómoda, pero entre la urgente inmediatez de mi rutina la almohada obtiene un día más de indulto. Todavía escasea la luz natural, pero aún así el implacable chillido de un despertador mancilla el sagrado silencio del último sueño; la danza de los codazos no se hace esperar, entre la inconciencia de la modorra matinal cada quien espera que el otro se levante en pos de acallar tan molesto sonido; ninguno lo hace, mostrando franca rebeldía al señor del tiempo que sin piedad castigará la osadía con apuros y olvidos posteriores: ¿Qué será esta mañana? ¿las llaves? ¿la cartera? ¿el combustible del automóvil? En fin, en el camino se verá. Uno de mis críos que después de unos minutos se libera de sus sueños, aparece para sentenciar “levántense que llego tarde a la escuela!!” y en la danza de los codazos comienza un segundo acto pero esta vez el ganador habitual pierde por default, me refiero al que no sacó a pasear al perro la noche anterior, el que no sacó la basura, el que olvidó el encargo doméstico camino a casa, el que llegó tarde y pidió de cenar, ese soy yo. Telepáticamente advierto una sinfonía matinal de reproches que prefiero evitar, así que mi humanidad y yo, como entes separados por voluntad pero unidos por la tragedia de abandonar el lecho, marchamos juntos hacia la ducha. “¡Maldita sea, no sale agua caliente!” Es tarde ya, los semáforos hacen “compló” en mi contra mostrando sus rojas luces en cada esquina; “llegaré tarde”, reclama mi retoño como profetizando el castigo que le espera en la escuela, al no poder entrar a la primera clase del día, vaya vergüenza.

Termino mi inusual tarea de chofer y me dirijo al trabajo; algunos kilómetros de carretera, no aportan mucho a mi tempranera lucidez en una mañana que más asemeja a una tierna noche, así que me detengo a comprar un OXO-café camino a la fábrica; el primer sorbo quema un poco, así que soplando con vigor acertamos a dar un pequeño trago, el fragante aroma del café aviva mis sentidos y me dispongo a retomar el camino. El día ha nacido ya. Dirigiendo la mirada al horizonte percibo el más bello de los paisajes que pude contemplar en mucho tiempo, mi Sony Cibershot yace en la cajuela. Buscando plagiar tan fulgurante estampa acciono la cámara un par de veces, para después dedicar los últimos minutos del fugaz espectáculo a contemplarlo, recordando lo que desde una noche atrás en obra y omisión cometí, exclamo para mi frente a la taquilla de la naturaleza: “¡Caray, me salió barato el boleto!”

La danza del quiote y el colibrí

No recuerdo en qué momento de mi infancia escuché un cuento sobre un rey muy poderoso cuyas riquezas no le bastaban para ser feliz. Consultando a algún personaje lleno de sabiduría éste le dijo que debía buscar un ave azul cuyas propiedades mágicas le darían lo que él tanto anhelaba; se le advirtió que la búsqueda podría no ser fácil, por lo que el rey encomendó a sus más leales sirvientes para que recorrieran el mundo en pos de ese amuleto de dicha. Toda una vida no fue suficiente para que aquella búsqueda concluyera, y en su lecho de muerte, frustrado por la infructuosa empresa que le consumiera la existencia, el poderoso magnate miró hacia su ventana y por primera vez puso atención al ave que todos los días cantaba al pie. Era el ave azul que tanto buscó y que siempre estuvo cerca de él.
 Aún cuando para recorrer mi reino sólo se requiera el breve instante entre caminar de la sala al patio de mi vivienda de interés social, hice el ejercicio de mirar tras ventanales en la morada de la creadora de mis días, descubriendo que un quiote de sábila era visitado por un diminuto colibrí, cuya intimidad me atreví a transgreder con mi cámara. No espero que esto me dé la fórmula de la felicidad eterna, pero si me hace pensar que si en el estrecho jardín de mi madre existe tanta belleza esperando ser descubierta con tan sólo hacer un “zoom in”, a lo mejor el mundo guarda aún más maravillas.


Parece que el colibrí no se intimida ante nuestra presencia


La danza del quiote y el colibri

Laguna Milagros,
Quintana Roo
 

Si Jacques Cousteau e Indiana Jones tuvieran que seleccionar un lugar de espectaculares playas de arena blanca, islas desiertos y zonas arqueológicas entre la selva, seguramente pensarían en Quintana Roo.


Esta provincia mexicana, cuya geografía falta de accidentes muestra entre su rala espesura lo poroso de sus terrenos, tiene entre su inventario de maravillas a la laguna Milagros que se localiza a pocos kilómetros de la capital del estado. Tal vez sean los aproximadamente 400Km. que distancian Cancún de este destino, lo que conserve el encanto natural que le caracteriza.
No sé si fue el color turquesa blanquecino de sus aguas o la tibia caricia que el viento regalaba a mi rostro lo que me cautivó aquella tarde, pero seguro estoy de la símil sensación de quienes en aquel antiguo mundo maya hicieron el mismo humilde ejercicio de contemplación ante el argumento arquitectónico de los dioses.

 

Un pequeño muelle que irrumpe en el turquesa del agua.

 

Bella estampa azulina.

 

 El remanente de lo que parece ser un palco para carreras de lanchas.

 

Jugando a sostener el muelle

Conociendo al
hacedor de lluvia

En la población “Joachín” en el multicolor estado de Oaxaca, México; corren los rumores que no muy lejos de ahí han nombrado a un hacedor de lluvias. De boca en boca se transmite la noticia sobre que las plegarias al dios de la lluvia por fin tuvieron respuesta aún cuando ha entregado la potestad de su reino de agua sólo a quienes han sido capaces de construir el tótem que con dignidad honrará su nombre. Privilegiados fueron los sacerdotes de la tierra que bajo esta gracia despliegan sus nuevos poderes sobre el reino que se extiende hasta el horizonte.
Para celebrar la dádiva divina se convocan a los colosos para que se embriaguen con las mieles de la madre tierra y extiendan su dulce júbilo hacia todos los mortales.
 
 
 
 
 
 
 
 

El tótem recibe culto y pleitesía a nombre de su representado

Los colosos danzan al son de sus enervantes cánticos

Los colosos no se dignan a mirarnos de frente

El hacedor de lluvia no apareció, pero vimos una demostración de su poder.

El fruto de la madre tierra que será repartido a los mortales

Otra óptica de este alargado tótem

Colosos que duermen

Los heraldos de la primavera
anuncian su llegada


 
Conforme sobre mí el transcurrir del tiempo deja sus huellas en forma de cabellos grises y de sabiduría inútil, me doy cuenta de lo poco que durante mi pasado dediqué a deleitarme con las maravillas que en rededor la naturaleza susurraba dulcemente a mis oídos. Tan imperdonable agravio a las ninfas de la primavera sólo pudo redimirse reconociéndoles su título de consortes de Dios en el proyecto de la creación y madres de la más pura y sublime belleza. Mi penitencia es la conciencia del gozo perdido a consecuencia de mi propia distracción.
Cual hijo pródigo, que a casa regresó, vuelvo la vista a la tierra que considero mi hogar para embelezarme con sus fulgurantes colores.
Los heraldos de la primavera llegaron a Colima, ostentando como nombre el título nobiliario que su ama y señora obtuvo en la corte cósmica, anunciando con el amarillo de sus flores que en el espectáculo de la vida comienza el acto principal.

 

 

 


Edificios y plazas públicas se visten de colores

 

Sin importar que la publicidad se mimetice entre sus ramas, este árbol igualmente regala su vibrante color amarillo.

 

 

La alfombra de flores que la naturaleza deja a todos gusta

 

Hasta lo que parecen ser flores de cempasúchil partcicipan del espectáculo.

Para qué colocar la estatua de algún desconocido cuando se le puede rendir culto a un bellísimo árbol de primavera.

Democráticamente los árboles de primavera florecen para barrios pobres o exclusivoides.